La Catrina no nació para decorar altares

¡Hola! Que gusto saludarles nuevamente y en ésta ocasión, en mi temporada favorita del año. 
Ser constante con el proyecto, después de tantas cosas, es muy complicado, pero prometo seguir haciendo el intento. 
Y justo por las fechas, quise tomar como tema a un ícono de la cultura mexicana, quizás de esas imágenes que nos vienen a la mente al pensar en México mismo. 



De la sátira política al símbolo de identidad mexicana

Cada año, cuando llega noviembre, México se llena de calaveras. Las encontramos en los altares, las calles, las ilustraciones, los escaparates y hasta en las campañas publicitarias. Algunas llevan vestidos largos, otras sombreros enormes, flores, encajes y maquillaje elaborado. Son elegantes, coloridas y, sobre todo, inconfundiblemente mexicanas.

Pero.  ¿Cómo pasó a convertirse en ícono una caricatura que nació de la crítica a los aspiracioncitas? 

La Catrina no nació como el símbolo del día de muertos, ni como una representación de la muerte, surgió de una sátira. Su transformación posterior en símbolo de mexicanidad revela algo interesante sobre nuestra identidad: muchas veces convertimos en emblemas culturales aquello que originalmente nació de lo "malo".

Para entender cómo ocurrió esta transformación, tenemos que regresar al México de finales del siglo XIX.

Un país obsesionado con ser europeo y moderno

Para esas fechas, México atravesaba una transformación importante. El gobierno de Porfirio Díaz impulsaba un proyecto de modernización que buscaba proyectar al país como una nación próspera, ordenada y capaz de competir con las grandes potencias.

Los ferrocarriles, las inversiones extranjeras, las nuevas construcciones, la expansión de las ciudades y el crecimiento de determinados sectores económicos se convirtieron en símbolos de progreso. Pero había una cuestión que iba más allá de las obras públicas y es que también se quería transformar la imagen del país.

Para las élites porfirianas, Europa representaba buena parte de aquello a lo que México debía aspirar. Francia, particularmente París, era un referente de elegancia, sofisticación, arquitectura, moda y vida cultural.

La influencia francesa podía encontrarse en los edificios, los interiores domésticos, la gastronomía, las costumbres sociales y, naturalmente, la vestimenta.

No se trataba simplemente de que a las personas les gustaran los vestidos franceses. La apariencia también funcionaba como una declaración de posición social; vestir de determinada manera podía comunicar educación, riqueza, refinamiento y pertenencia a un grupo privilegiado.

Pero mientras el país buscaba presentarse como moderno ante el mundo, una parte de sus élites parecía convencida de que para conseguirlo debía distanciarse de todo aquello que consideraba demasiado indígena, popular o mexicano. 

La desigualdad social del Porfiriato era profunda. Detrás de la imagen de prosperidad que se proyectaba al extranjero existían condiciones de explotación, pobreza y enormes diferencias entre los distintos sectores de la población. Y fue precisamente en ese ambiente donde la crítica encontró un terreno fértil.

José Guadalupe Posada y su capacidad para burlarse de los vivos usando la imagen de los muertos

José Guadalupe Posada nació el 2 de febrero de 1852 en Aguascalientes. Fue grabador, ilustrador y caricaturista, y desarrolló buena parte de su trayectoria profesional en la Ciudad de México.

Su trabajo apareció en periódicos, hojas volantes, publicaciones populares y distintos impresos que circulaban entre la población. 

Posada no trabajaba exclusivamente para los grandes círculos artísticos ni producía imágenes destinadas a decorar los salones de las familias adineradas. Sus grabados formaban parte de una cultura visual popular: ilustraban noticias, acontecimientos, canciones, relatos, sucesos extraordinarios y comentarios sobre la vida pública.

La imagen impresa tenía una capacidad de difusión extraordinaria. Permitía comunicar ideas a personas que no necesariamente tenían acceso a libros o a una educación formal.

Y Posada sabía aprovechar ese lenguaje.

Sus calaveras eran mucho más que esqueletos dibujados por diversión. Eran personajes que representaban políticos, comerciantes, personajes populares y distintos tipos sociales. La muerte se convertía en una herramienta para hablar de la desigualdad, la vanidad, la hipocresía y el poder.

Pónganse a pensar, queridos lectores, en lo que significa representar a una persona importante como un esqueleto.

Su título, su dinero, sus propiedades, sus influencias y su posición social desaparecen. Debajo de la ropa elegante y los privilegios queda exactamente lo mismo que debajo de cualquier otro cuerpo: un conjunto de huesos. La muerte no necesita pedir permiso para entrar en una casa rica ni distingue entre apellidos importantes y personas desconocidas.

Las caricaturas de Posada encontraban en esa idea una de sus críticas más efectivas.

Y, aunque hoy lo recordemos principalmente por sus calaveras, su producción fue muchísimo más amplia. También realizó imágenes sobre acontecimientos políticos, accidentes, violencia y las condiciones sociales de su época.

Era, en muchos sentidos, un cronista visual de un México que no siempre aparecía en los retratos oficiales.


El arte de Posada, en un México mayormente analfabeta, le puso rostro a las noticias más importantes, se plantó en el imaginario colectivo de una nación que sufría y representó algo importante en nuestra identidad y esta filosofía mexicana de hacer de algo trágico algo artístico y hasta "chistoso".


(si quieren, otro día tocamos ese chisme del baile de los 41 porque hay mucho que decir)

La calavera garbancera


Entre las caricaturas de Posada, existe una que terminaría adquiriendo una fama extraordinaria.

Su representación más conocida muestra una calavera femenina que lleva únicamente un sombrero elegante, adornado con plumas. No tiene vestido, no tiene joyas, no tiene un cuerpo que permita apreciar su posición social. Solamente tiene un sombrero.

Y, sin embargo, es suficiente para entender el chiste.

La imagen suele relacionarse con el término "garbancera", utilizado de manera despectiva para referirse a personas vinculadas con el comercio de garbanzo que buscaban adoptar costumbres y apariencias europeas, distanciándose de sus orígenes populares e indígenas. La crítica apunta a quienes pretenden aparentar una posición social y cultural distinta mediante la imitación de las modas extranjeras.

Hay que apuntar a una precisión histórica: las explicaciones sobre el origen exacto del término y el grupo al que se dirigía la sátira varían en las interpretaciones posteriores. No conviene reducir la imagen a una historia literal sobre un grupo concreto de mujeres enriquecidas por vender garbanzos. Lo que sí está ampliamente documentado es su asociación con la crítica a las apariencias europeizantes y las pretensiones de distinción social. ☝

La calavera lleva un sombrero que recuerda a los accesorios de moda europeos, pero no tiene absolutamente nada más. Es como si Posada hubiera querido preguntarnos: ¿de qué sirve aparentar pertenecer a una clase social distinta si, al final, seguimos siendo exactamente lo mismo?

La crítica también puede leerse como una burla a la obsesión por ocultar los orígenes propios para obtener reconocimiento social. (O sea malinchismo, aunque el término ha sido señalado como misógino, así que le llamaremos autocolonialismo) 

La ironía es que la figura intenta proyectar elegancia, pero su propio cuerpo revela que no hay vestido, dinero ni posición social que pueda salvarla de su condición humana. Todos terminaremos siendo calaveras.

No estamos hablando de una simple ilustración de una mujer muerta. Estamos frente a una imagen que utiliza la vestimenta para cuestionar las jerarquías sociales. El sombrero no es un accesorio cualquiera. Es el centro de la composición y, al mismo tiempo, el objeto que hace funcionar la sátira. Desde la moda, quiere decir que: Posada no necesitó dibujar un vestido completo, una silueta sofisticada ni un conjunto de joyas para representar la aspiración de pertenecer a una élite. Le bastó un sombrero.

La apariencia puede ser suficiente para comunicar una aspiración, incluso cuando no existe nada más que la sostenga. Y esa crítica, por desgracia, no ha perdido vigencia.

Pequeño dato histórico ☝

Oigan, pero ¿Ustedes sabían que Posada nunca vió su obra impresa así como la vemos nosotros?. Verán, José Guadalupe Posada murió a los 60 años el 20 de Enero de 1913. La imagen de la calavera garbancera fue estampada en la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo en octubre de ese mismo año, varios meses después de la muerte de Posada. 
Además, él no acostumbraba a ponerle títulos personales a sus obras. Los impresores podían reutilizar sus grabados y acompañarlos con textos distintos, dependiendo de las necesidades de cada publicación.

Hay un historiador de humor gráfico llamado Agustín Sánchez González y él ha documentado que existieron distintos nombres al grabado de la catrina, a lo largo de distintas reimpresiones que se hacían, entre éstos nombres estaban; Remate de calaveras alegres y sandungueras, Calaveras fifí, etc.
Y ésto habla de como la imagen fue reinterpretada, reutilizada y bautizada con el pasar del tiempo. 

Y sí, Posada murió sin saber la fama internacional que alcanzaría esa calavera. De hecho, su muerte pasó desapercibida. El Archivo General de la Nación documenta que sus restos terminaron en una fosa común del panteón de Dolores, en la pobreza y soledad en una habitación en el barrio de Tepito, mientras que su obra sería reconocida y reivindicada por generaciones posteriores.

El hombre que creó una de las imágenes más reconocibles de México no recibió en vida el reconocimiento que hoy le concedemos y como se ha visto en otras tantas ocasiones, una sociedad puede tardar décadas en reconocer a sus artistas, pero no tiene ningún problema en apropiarse de sus imágenes una vez que se vuelven símbolos.

Diego Rivera

Todo México conoce a este muralista con cara de sapo y mala fama de mujeriego (el mundo entero de hecho, lo conoce gracias a Frida Khalo) pues, fue Diego en realidad quien le dió identidad al grabado. 
Si Posada creó el antecedente, Diego Rivera creó al personaje. 

En 1947, Rivera realizó el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, una obra monumental que reúne personajes históricos, figuras políticas, artistas y escenas de distintas épocas de México. En medio de la multitud, está ella. Solo que ahora ya no vemos solamente un cráneo con un sombrero elegante. La figura está vestida de cuerpo completo, con un atuendo sofisticado y una presencia mucho más cercana a la de una dama de sociedad.

Rivera la colocó en el centro de la composición, tomada del brazo de José Guadalupe Posada, mientras el propio muralista aparece representado como un niño. También está Frida Kahlo, Porfirio Diaz, Sor Juana Inés de la Cruz, Hernán Cortés...


La escena no es una simple reproducción de la imagen de Posada. Es una reinterpretación que incorpora al personaje dentro de una narración mucho más amplia sobre la historia mexicana.

Y es Rivera quien populariza el nombre de La Catrina al identificarla como tal en su representación. El término "catrín" ya estaba relacionado con una apariencia elegante y distinguida. En el lenguaje popular, un catrín era un hombre vestido con refinamiento, mientras que una catrina era su equivalente femenino.

La calavera dejó de ser solamente una sátira sobre las apariencias y adquirió una identidad propia.

El sombrero, que originalmente era prácticamente todo lo que la figura tenía, ahora forma parte de un conjunto completo. El vestuario la convierte en un personaje reconocible, con una presencia social y una personalidad mucho más definidas. Rivera no eliminó la elegancia de la imagen: la llevó hasta sus últimas consecuencias.

Y pasa algo curioso si lo vemos desde el punto de vista artístico. Una caricatura sobre la apariencia termina convertida en una de las figuras más elegantes del imaginario mexicano. La Catrina ya no solamente se burla de quienes quieren parecer importantes. Ahora parece pertenecer a ese mismo mundo de distinción que Posada había cuestionado.

Pero no hay que olvidar que sigue siendo un esqueleto. La muerte tiene siempre la última palabra.

De caricatura a símbolo nacional: ¿Quién decidió que La Catrina representaba a México?

La transformación de La Catrina no terminó con Diego Rivera. 

Durante el siglo XX, México atravesó un proceso de reconstrucción cultural e ideológica después de la Revolución. El arte, la educación, la literatura y las expresiones populares adquirieron una importancia especial en la construcción de una identidad nacional. Los muralistas, como pudimos ver, participaron activamente en ese proceso.

La cultura popular comenzó a ocupar un lugar central en las representaciones de lo mexicano. Las imágenes de campesinos, indígenas, trabajadores, mercados, celebraciones y tradiciones se convirtieron en elementos importantes de un imaginario nacional.

La obra de Posada fue recuperada dentro de este contexto. Y La Catrina encontró un lugar privilegiado.


Pero tengan en cuenta que el proceso de convertir una figura satírica en un símbolo nacional también modificó su significado.

La calavera que originalmente cuestionaba las apariencias terminó representando una supuesta relación mexicana con la muerte. Empezamos a asociarla con la celebración de los difuntos, con los altares, con el maquillaje, con las flores y con la idea de que en México nos burlamos de la muerte.

Pero esa relación no es tan sencilla.

Las prácticas mexicanas de conmemoración de los muertos son diversas y tienen historias regionales, religiosas y familiares muy distintas. No existe una única manera de vivir el Día de Muertos ni una sola interpretación de lo que significa.

No podemos afirmar, por obvias razones, que La Catrina sea una representación intacta de una tradición prehispánica. Su historia, como ya les conté, pertenece a la gráfica popular de finales del siglo XIX y a las reinterpretaciones artísticas del siglo XX.

Lo interesante es observar cómo una imagen relativamente reciente terminó incorporándose a una celebración mucho más amplia y compleja.

La Catrina se convirtió en una manera de representar visualmente algo que queríamos identificar como mexicano. Y eso nos lleva a una pregunta: ¿qué ocurre cuando una sociedad convierte una crítica en un emblema? 

La Catrina de hoy: el maquillaje, el vestido y el negocio de ser mexicano

Hoy La Catrina aparece en todas partes durante los últimos días de octubre y los primeros de noviembre. La encontramos en todos lados. 





Su imagen se ha diversificado enormemente. Hay catrinas en vestidos de época, en indumentaria regional, en la alta costura, en personajes históricos y hasta en celebridades.

La figura se ha convertido en una oportunidad para experimentar con la moda y el maquillaje.

Y no hay nada malo en ello.

De hecho, es interesante observar cómo un personaje que nació de la crítica a la apariencia terminó convirtiéndose en un espacio de expresión estética. Las personas reinterpretan su vestuario, crean versiones propias y utilizan el maquillaje para participar en una celebración cultural.

Pero también existe una contradicción que vale la pena discutir. Cuando una figura como La Catrina se convierte en un producto comercial, ¿Qué parte de su historia estamos conservando?

Una marca puede utilizar su silueta para vender una colección de ropa sin tener ningún interés en la crítica social que dio origen a la imagen. Un establecimiento puede decorar sus instalaciones con calaveras y flores sin conocer siquiera el nombre de Posada.

La estética permanece, pero el contexto desaparece. Y quizá esto sea parte del destino de muchos símbolos culturales: cuanto más reconocibles se vuelven, más posibilidades existen de que su significado original se simplifique.

No obstante, tampoco sería justo pensar que toda reinterpretación comercial o artística es necesariamente una traición a la tradición. Las culturas cambian. Las imágenes adquieren nuevos significados. Las personas se apropian de los símbolos, los transforman y los incorporan a sus propias experiencias.

El problema comienza cuando creemos que la imagen es suficiente y dejamos de preguntarnos por la historia que hay detrás.

Podemos vestirnos de Catrina, admirar sus vestidos, disfrutar de los desfiles y experimentar con el maquillaje. Pero también podemos recordar que su origen está relacionado con una crítica a las jerarquías sociales y a la obsesión por aparentar.

Tal vez deberíamos preguntarnos si hemos aprendido algo de aquella sátira.

Porque seguimos viviendo en una sociedad donde la apariencia puede determinar cómo somos tratados, donde ciertos acentos se consideran más refinados que otros, donde determinadas formas de vestir se relacionan con el éxito y donde, todavía hoy, muchas personas sienten que deben ocultar parte de sus orígenes y para ser aceptadas.

La Catrina sigue teniendo bastante que decirnos.

Al final, debajo de todos los vestidos seguimos siendo calaveras

Quizá lo más interesante de La Catrina no sea que se haya convertido en un símbolo mexicano, sino todo lo que tuvo que suceder para que llegara hasta aquí.

Nació de la sátira gráfica, sobrevivió a la muerte de su creador, fue reinterpretada por uno de los muralistas más importantes del país y terminó convertida en una imagen que hoy circula por todo el mundo.

Su historia también nos habla de la manera en que construimos nuestra identidad cultural: seleccionamos símbolos, les damos nuevos significados, los celebramos y, en ocasiones, olvidamos aquello que originalmente representaban.

Pero hay algo que permanece. La calavera de Posada sigue siendo una crítica a la vanidad, a las pretensiones sociales y a la necesidad de aparentar algo que no somos. Y quizá esa sea la razón por la que continúa siendo tan pertinente.

En una época en la que la imagen personal se ha convertido en una industria, en la que las redes sociales nos invitan constantemente a construir versiones cuidadosamente editadas de nosotros mismos y en la que el prestigio sigue asociándose con determinadas marcas, estilos y apariencias, la vieja calavera conserva la verdad más incómoda.

Podemos comprar el vestido más elegante, llevar el sombrero más elaborado y adornarnos con todas las flores que queramos. Pero debajo de todo eso seguimos siendo calaveras.

Y tal vez Posada estaría encantado de saber que, más de un siglo después, su pequeña burla todavía tiene la capacidad de incomodarnos.

La Catrina nunca necesitó estar viva para recordarnos cómo vivimos.

Hay que portar con orgullo el nopal que tenemos en la cara. 

Feliz Día de Muertos y Muchas gracias por leer.💗💗💗




- Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). «Las historias falsas que se leen de la Catrina de José Guadalupe Posada». 2023. Artículo

- Gabriela Torres Ramos. «Polisemia y apropiación de la Catrina». Vita Brevis, revista del INAH. Para analizar la transformación simbólica y política del personaje. Revistas INAH

- Agustín Sánchez González — «La Catrina, de Tepito para el mundo»Artículo





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