Cuando las tendencias dejaron de ser moda
Ya en fechas mas calmadas, más acostumbrada a cosas que antes no eran comunes y con el mundo cambiando constantemente, por fin pude darme el tiempo de continuar con éste nuestro proyecto favorito.
Hay temas preocupantes que merecen nuestra atención y difusión, temas que necesitan ser atendidos, temas que a todos y todas deben importarnos porque se trata de nuestro mundo, nuestra generación y nuestro futuro.
Verán, como una persona que quiere escribir sobre moda, para mí es un poco difícil encontrar palabras adecuadas y temas que se apeguen al tipo de publicaciones en los que quiero trabajar en un futuro.
Para publicaciones a las que quiero llegar, hablar de temas políticos puede ser considerado incluso como "de mal gusto" y se mantienen en la moda, sí, pero desde una perspectiva demasiado frívola. Yo no puedo mantener ésto frívolo, hablar de colores, historias, joyas, aventuras y famosos es bonito y una forma de conocer el mundo o verlo desde la perspectiva de alguien más... Sin embargo; uno tiene que estar consciente de que la política está en todos lados y de que la moda es más que algo estético, como lo he venido diciendo desde que inicié este proyecto.
Hoy les voy a hablar de tendencias y como han hecho que el mundo cambie.
Vivir en la era de las tendencias
Hubo un tiempo en que las tendencias pertenecían exclusivamente a la moda.
Las pasarelas de París dictaban el color de la temporada. Milán decidía el largo de las faldas, Londres experimentaba con nuevas siluetas, Nueva York transformaba la ropa de calle en lujo. Las revistas llegaban mes con mes para explicar por qué todos querían vestir igual.
Pero incluso en aquel entonces existía una verdad que la industria jamás ocultó: Una tendencia nunca fue una ley, es y siempre ha sido una dirección, una posibilidad, una fotografía de un momento cultural.
La historia de la moda está construida sobre ese principio, el cambio de los siglos, las décadas y las diferencias entre cada época.
Durante el siglo XVIII los hombres europeos de la nobleza utilizaban tacones, medias de seda y pelucas empolvadas como símbolos de poder. Décadas después, aquellas prendas desaparecieron casi por completo del guardarropa masculino y es casi imposible imaginar a la masculinidad de hoy en día expresándose con medias y gorgueras.
En los años veinte, Coco Chanel revolucionó la forma en que las mujeres vestían al simplificar la silueta femenina.
En 1947, Christian Dior hizo exactamente lo contrario con el New Look, devolviendo cinturas ajustadas y faldas amplias.
En los sesenta llegaron las minifaldas. En los noventa el grunge rechazó el glamour. Después aparecieron los skinny jeans. Más tarde el normcore. Luego el lujo silencioso... Cada tendencia al principio parece definitiva, pero ninguna lo es.
Las tendencias jamás pretendieron describir una verdad absoluta. Simplemente describían un movimiento dentro de la cultura.
UNA TENDENCIA NO ES UNA PROFECÍA
Que algo esté ganando popularidad no significa que vaya a conquistar a todo el mundo. Que una estética aparezca constantemente en redes no significa que todas las personas estén adoptándola. Y, sobre todo, que algo sea popular hoy no significa que necesariamente vaya a definir nuestro futuro.
La moda misma nos lo ha demostrado una y otra vez.
Los skinny jeans no desaparecieron porque durante algunos años se pusieran de moda los pantalones amplios. El color que una temporada fue declarado "el nuevo negro" no consiguió borrar todos los demás colores del armario. Una estética tampoco puede eliminar automáticamente a las que existieron antes.
Las tendencias conviven, se mezclan, regresan y desaparecen.
Por eso, cuando hablamos de una tendencia, deberíamos preguntarnos qué estamos describiendo realmente: ¿Algo que está ganando popularidad? ¿Un fenómeno cultural? ¿Un movimiento organizado? ¿Una propuesta política? ¿O simplemente de algo que nuestro algoritmo decidió mostrarnos muchas veces?
Parecen preguntas sencillas, pero actualmente pueden hacer una diferencia enorme.
Porque una tendencia puede decirnos hacia dónde está mirando cierta parte de la sociedad, aunque no necesariamente hacia dónde se dirige toda la sociedad.
Las tendencias no son solo estéticas
La ropa puede convertirse en lenguaje; expresa rebeldía, religión, clase social, género, identidad, pertenencia o protesta.
Incluso prendas que hoy consideramos completamente normales tuvieron momentos en los que fueron consideradas provocadoras.
El pantalón para las mujeres es un ejemplo perfecto: Hoy resulta difícil imaginar por qué una mujer utilizando pantalones podría haber sido considerada una amenaza para el orden social; Sin embargo, hubo épocas en las que vestirlos podía ser interpretado como una ruptura con las normas establecidas.
Por eso, decir que la moda es política no significa que cada vestido tenga una ideología escondida.
Significa reconocer que la manera en que nos presentamos ante los demás ocurre dentro de una sociedad y, por lo tanto, también refleja los cambios de esa misma sociedad.
La moda nunca fue apolítica. Lo que ocurre es que durante mucho tiempo la sociedad eligió fingir que lo era.
La calle nunca ha seguido a una sola tendencia
Existe una diferencia enorme entre la moda y el discurso que se construye alrededor de ella.
Cada temporada aparecen titulares grandilocuentes que nos quieren imponer qué usar y como pensar.
Sin embargo, basta caminar por cualquier ciudad para descubrir algo fascinante.
La realidad nunca viste igual que internet.
Y eso siempre ha sido normal: la moda propone y las personas disponen.
Nunca ha existido una dictadura estética, por más que nos la quieran imponer.
Y gracias a los estilos originales, las tribus urbanas y las personas que se mantienen fieles a sus estilos propios, se ha logrado que no nos conviertan en cifras o en soldados que tienen que verse siempre exactamente iguales, han convertido al mundo de color a pesar de quienes imponen las tendencias lo han querido en gris y eso es lo importante de no escuchar a las tendencias.
Cuando las tendencias se convierten en algo más
Una tendencia aparece cuando una determinada práctica, estética, idea o comportamiento comienza a ganar popularidad.
Un fenómeno cultural ocurre cuando aquello empieza a modificar conversaciones, comportamientos o formas de identificarse dentro de una comunidad. Esto implica algo diferente: personas organizadas alrededor de una causa o de determinados objetivos.
Y una política pública requiere todavía algo más: instituciones, decisiones formales y capacidad real de modificar las condiciones en las que vivimos.
No todo recorre ese camino.
Que miles de personas publiquen videos sobre una estética tradicional no significa automáticamente que exista un movimiento político capaz de modificar las leyes de un país.
Que una idea sea popular en internet tampoco significa que se haya convertido en una política pública.
Y sobre todo, que una persona defienda una determinada visión de la sociedad no significa que esa visión represente a toda una generación.
Pero tampoco vayan a creer que no ocurre lo contrario, algunas tendencias sí pueden convertirse en algo mucho más grande.
La historia está llena de movimientos culturales que comenzaron en espacios pequeños y terminaron transformando la sociedad.
Por eso mismo es que las tendencias merecen atención.
No porque debamos asumir que cada una de ellas representa nuestro futuro, sino porque debemos observar qué sucede cuando una tendencia deja de ser únicamente una estética y comienza a construir identidad, comunidad y organización. Entender eso es una de las mejores formas de no caer ni en la indiferencia ni en el pánico.
El algoritmo
El algoritmo es aquello que decide que vemos, es diferente para cada uno y decide incluso a que darle más y menos difusión. Retiene nuestra atención y su objetivo principal es maximizar nuestro tiempo en redes sociales.
En esta nueva era, el algoritmo es algo que define en su totalidad ésto de las tendencias, porque es lo que las acelera.
Durante siglos, una tendencia podía tardar meses o incluso años en atravesar fronteras y llegar a diferentes grupos sociales. Hoy una persona puede publicar una idea desde su habitación y conseguir millones de reproducciones en cuestión de horas.
Además, cada persona recibe una versión diferente de internet.
Lo que yo veo no necesariamente es lo que ustedes ven.
El algoritmo aprende de aquello que miramos, compartimos, comentamos de aquello que nos hace detenernos unos segundos. Y ésto genera la ilusión de la representatividad.
Si durante tres horas vemos videos de una misma tendencia, podemos comenzar a sentir que está en todas partes. Si nuestro fyp está lleno de personas que defienden una determinada postura política, podemos empezar a creer que esa postura es mucho más común de lo que realmente es.
El algoritmo no solamente nos muestra el mundo, sino que también puede modificar nuestra percepción de cuánto ocupa algo dentro de él.
Y esta es una diferencia fundamental: Una tendencia puede ser muy visible en internet y, al mismo tiempo, ser minoritaria en la vida cotidiana.
Viral no es lo mismo que representativo
Una publicación puede hacerse viral porque las personas la apoyan, porque la consideran absurda, porque están indignadas, porque quieren burlarse de ella o simplemente porque el algoritmo decidió mostrarla repetidamente.
La cantidad de atención que recibe algo tampoco determina automáticamente su importancia.
Un escándalo entre celebridades puede tener veinte millones de reproducciones, mientras que un estudio científico importante puede tener cien, pero eso no no convierte al escándalo en un asunto miles de veces más importante.
Nuestra tarea como consumidores de información, espectadores y público objetivo es aprender a distinguir que la atención y la relevancia son cosas completamente diferentes.
Cuando una tendencia empieza a vestir nuestras ideas
Ya no preguntamos quién lo dijo, qué poder tiene esa persona, qué instituciones están involucradas o qué posibilidades reales existen de que esa idea se convierta en una decisión política. Simplemente reaccionamos.
Y cuando reaccionamos suficientes veces, podemos terminar confundiendo la conversación sobre un acontecimiento con el acontecimiento mismo y ese es uno de los peligros de convertir las tendencias en nuestra forma de entender al mundo.
Una opinión viral puede ser importante, una tendencia cultural puede ser importante, un discurso político puede ser importante. Pero ninguno de ellos debería ser analizado sin contexto.
De verdad se los pido... NO REACCIONEN SIN CONTEXTO
Porque entre una opinión, una tendencia, un movimiento y una ley existen muchas etapas. Y saltarnos todas ellas para llegar directamente al peor escenario posible no es informarnos, eso es especular y se corre el riesgo de caer en lo que justamente las grandes esferas necesitan: Pánico.
Aquí ahora les voy a presentar todos los casos que me llevaron a estudiar este tema.
Erika Kirk y sus opiniones
Aquí ya me quiero poner más seria y tocar aquello que causó una pequeña tendencia en redes como TikTok e Instagram. Es algo serio porque, en mi opinión, reveló algo que se ha vuelto demasiado común, especialmente entre los más jóvenes: reaccionamos antes de leer. Vemos un titular, un fragmento o un video de treinta segundos, sacamos conclusiones, comentamos, compartimos y hasta construimos discursos enteros sin haber leído la nota completa.
Las declaraciones de la viuda de Charlie Kirk y posturas asociadas con ella alrededor de los roles tradicionales de género, el matrimonio, la maternidad y el papel de las mujeres, provocaron una reacción particularmente fuerte en internet.
La discusión rápidamente dejó de centrarse únicamente en sus propias ideas y comenzó a relacionarse con fenómenos mucho más amplios: el crecimiento de comunidades tradwife, el conservadurismo estadounidense, el rechazo al feminismo contemporáneo y el temor de que algunos derechos conquistados por las mujeres pudieran comenzar a retroceder.
Creo que todos necesitamos detenernos, reflexionar y relajarnos al respecto, no, no apoyo a Erika Kirk ni sus privilegios y aborrezco todo lo que tenga que ver con ella y su difunto esposo.
Y miren, las ideas extremas pueden ser preocupantes, las personas con plataformas grandes pueden influir en otras personas, los movimientos culturales pueden transformarse en movimientos políticos. Todo eso sí es cierto... Pero existe una diferencia enorme entre reconocer que una idea merece nuestra atención y asumir que esa idea ya se convirtió en realidad.
Una declaración hecha por una figura pública no es, por sí misma, una reforma constitucional. Una publicación en redes sociales no es una ley. Una tendencia cultural no es una política pública.
Y una persona que expresa una opinión no tiene automáticamente el poder institucional para convertirla en realidad.
Eso no significa que debamos ignorarla.
Significa que debemos preguntarnos qué ocurre después: ¿Existe una organización? ¿Existe una propuesta concreta? ¿Existe una iniciativa legislativa? ¿Existe apoyo institucional? ¿Existe una mayoría política? ¿Existe una ley?
Estas preguntas pueden parecer menos emocionantes que un video viral, pero son mucho más útiles para saber qué está ocurriendo realmente.
Es desesperante ver cómo una persona con una plataforma enorme puede terminar ocupando más espacio en nuestras conversaciones que problemas que ya están ocurriendo y que tienen consecuencias reales.
El problema no es que la escuchemos. El problema es que dejemos de distinguir entre escuchar una opinión y anunciar que esa opinión ya ganó.
Estados Unidos: una preocupación real no necesita exageración
Estados Unidos atraviesa una etapa de enorme polarización política y cultural. Los debates sobre género, educación, inmigración, derechos reproductivos, diversidad y el papel del Estado han adquirido una intensidad que no debería tomarse a la ligera.
Además, algunas decisiones políticas pueden modificar derechos, programas o instituciones.
Eso merece vigilancia y es precisamente porque merece vigilancia que necesitamos analizarlo correctamente.
Decir que existe una tendencia política conservadora no significa que todas sus posiciones vayan a convertirse en ley, decir que existen grupos que cuestionan determinados derechos no significa que esos derechos hayan desaparecido y por supuesto reconocer que una democracia puede retroceder no significa que cada democracia esté inevitablemente a punto de hacerlo.
La política no funciona como TikTok.
Una propuesta tiene que atravesar instituciones, las leyes tienen procesos, los derechos constitucionales tienen mecanismos de protección, las elecciones cambian gobiernos, los tribunales pueden intervenir, la sociedad civil puede organizarse, los ciudadanos pueden votar, protestar y participar... Nada de esto garantiza que los derechos estén protegidos para siempre.
Pero sí significa que entre una opinión y una transformación institucional existe una realidad política mucho más compleja de la que cabe en una publicación de treinta segundos.
Afganistán como el ejemplo no hipotético
Desde el regreso de los talibanes al poder en 2021, las mujeres y las niñas han enfrentado restricciones sistemáticas sobre su educación, empleo, movilidad y participación en la vida pública.
Aquí no estamos hablando de una tendencia de internet, ni una influencer millonaria sin nada que hacer, tampoco de una predicción sobre lo que podría ocurrir. Estamos hablando de políticas y restricciones que afectan directamente la vida de millones de personas.
Y precisamente por eso, Afganistán debería hacernos reflexionar, porque en ese caso los derechos no fueron indestructibles; las instituciones colapsaron, el gobierno cambió, el conflicto transformó a la socieda entera y la libertad, eso que nos parece permanente de este lado del mundo y que se presume en occidente, dejó de serlo cuando las condiciones que la sostenían desaparecieron.
Pero reconocer esto tampoco significa asumir que todos los países seguirán el mismo camino.
Afganistán tiene una historia política, militar y social específica. Décadas de guerras, intervenciones extranjeras, conflictos internos, el ascenso de los talibanes, la intervención estadounidense y de la OTAN, la retirada internacional y finalmente la toma del poder en 2021 forman parte de una historia compleja que no puede reducirse a una tendencia de redes sociales.
Precisamente por eso debemos estudiarlo. No para decir "esto nunca podría ocurrir aquí" ni para decir "esto ocurrirá mañana". Sino para entender qué condiciones hicieron posible que ocurriera.
Es triste, es molesto ver la lucha contra el régimen de Afganistán reducida a comentarios de personas que no conocen su historia, comentarios alarmistas, que aseguran que ese es el futuro del mundo entero simplemente por una idea tonta compartida al aire. No hay que reducir a Afganistán a eso.
¿Y en México?
No necesitamos convertir cada inversión en una invasión para defender nuestra soberanía.
¿Tener miedo está mal?
Quizás no todo lo viral merece nuestra atención
La moda puede mostrarnos hacia dónde mira una sociedad, pero no necesariamente hacia dónde va... Las tendencias pueden revelar cambios culturales, pero no todas terminan convirtiéndose en movimientos y sí, los movimientos pueden transformar sociedades, pero incluso ellos necesitan organización, instituciones y participación para convertirse en cambios políticos.
Nuestra chamba está en la responsabilidad de preguntar, de investigar, de comparar. de dudar y sobre todo de aprender a distinguir entre lo que estamos viendo y lo que realmente está ocurriendo.
Chicos, la tendencia más peligrosa no es la de la delgadez extrema en todas las figuras públicas, ni las tradwives. La tendencia más peligrosa es la del miedo que nos quieren imponer, la de dejar que decidan que podemos defender y que no.
No tengan miedo de alzar la voz, de estudiar lo que quieren estudiar, de hablar de lo que nadie habla, de darle difusión a lo que merece difusión, de vestirse y usar lo que quieran usar.
No tengan miedo de hablar sobre partidos políticos, de quejarse de la situación del país, de decir que viva México sin invasión extranjera, que vivan Afganistán y sus mujeres y que viva hoy y siempre Palestina libre.
Nuestra capacidad de pensar y comunicarnos no debería ser una tendencia pasajera.
No necesitamos dejar de preocuparnos.
Necesitamos aprender a preocuparnos mejor.
Cuando todo parece urgente, nada lo es.
Y cuando un algoritmo decide qué ocupa nuestra atención, también puede terminar decidiendo qué problemas dejamos de mirar.
Quizás no es el tipo de tendencias de las que se hablan en un blog de moda... Pero creo que decir todo lo que acabo de decir vale la pena.
¿Qué otra tendencia ustedes creen que se salió de control?
No quiero decir que sólo le tienen que poner atención a una sola cosa, obvio, pero lo que sí deben hacer es tener responsabilidad a la hora de hablar de lo que sea que quieran hablar.
¡Muchas gracias por leer!
Que impresionante la manera de darle relacion a tantos contextos que suceden simultáneamente y cómo todos ellos están en nuestro día a dia y muestras que hay un trasfondo mucho mas profundo en cada aspecto.
ResponderEliminarMuchas felicidades y muchas gracias por otro excelente analisis