Londres: Los últimos días.

Por fin, después de meses de intentos que parecían infinitos, el día de hoy llegamos al final de ésta serie sobre mis aventuras en Londres; a unos 3 meses del viaje pero con los recuerdos aún intactos y atesorados. 

En esos últimos días, ví cosas que hasta ese momento solo imaginaba, exploré y me emocioné con el deseo de que las personas que más amo estuvieran ahí conmigo. 

¡Vamos!


Jueves: Onceavo Día
Amanecí con una especie de “resaca emocional” después de haber cumplido un sueño el día anterior… y con una urgencia casi desesperada de exprimir cada segundo, consciente de que esos eran mis últimos días en Londres.
Decidí que ese jueves sería al fin el día en que entraría por completo a un lugar al que siempre quise entrar y que, por alguna razón misteriosa, no exploré a profundidad en mi visita pasada.

Verán… Sherlock Holmes es uno de los personajes más importantes de la literatura inglesa (yo diría que el más importante). Es también lo más británico que se me puede ocurrir después de la Reina.
Creado por Sir Arthur Conan Doyle en 1887 con la novela “Estudio en Escarlata”, Sherlock Holmes y el Doctor John Watson se convirtieron rápidamente en, creo yo, el dúo más influyente de la cultura popular. Su dinámica marcó el estándar del detective brillante acompañado del compañero fiel y racional, un molde que hoy se replica en miles de historias.

Sus aventuras no solo definieron un género entero, sino que inspiraron a escritores, cineastas y artistas durante más de un siglo. Son, oficialmente, los personajes literarios más adaptados de todos los tiempos: teatro, cine mudo, radio, televisión, videojuegos, anime, cine contemporáneo… Sherlock ha pasado por todas las eras y en todas ha encontrado una nueva voz sin perder la esencia.
(Sobre esto… se vienen cosas pronto 👀✨)

En los libros, Sherlock y Watson comparten departamento y resuelven crímenes desde la icónica dirección 221B Baker Street, una dirección que originalmente no existía como tal. Con el tiempo, la cantidad de cartas, visitas y obsesión de los fans fue tan grande que Londres terminó por inmortalizarla y darle un hogar “real”.
Hoy, esa casita victoriana es el Museo de Sherlock Holmes, un lugar que funciona como cápsula del tiempo, recreado con la estética precisa que Conan Doyle describe: la chimenea, las pipas, los recortes de periódico, el violín, la lupa, el sillón… todo acomodado como si Holmes hubiera salido apenas a resolver un caso y regresaría en cualquier momento. 

Para llegar, tomé el underground a la estación Baker Street, cuya ambientación hace referencia totalmente a las historias escritas por Conan Doyle. Y a la salida del la estación te encuentras al protagonista de esa parte de la ciudad. 


Tienes que caminar un poco para llegar al 221B, en donde serás recibido por un lugar que parece estar en otro tiempo, un lugar atrapado en el siglo XIX que nos recuerda la importancia de éstos personajes y nos hace pensar en su papel dentro de la historia de la literatura. 

Aquí les cuento un poco sobre el museo:

Aunque hoy existe como una casita llena de objetos victorianos, el Museo de Sherlock Holmes no nació como una institución oficial, ni respaldada por la Arthur Conan Doyle Estate, ni por alguna entidad seria del gobierno.
Más bien… nació del fanatismo, del primer fandom que exitió, del amor por los libros y también de un pequeño caos legal que Londres dejó crecer durante décadas.

Cuando Arthur Conan Doyle escribió las historias, 221B Baker Street no existía. Baker Street llegaba apenas hasta el 85. Así que la icónica dirección era parte de la ficción… un lugar que no existía más que en la cabeza del autor.

Pero conforme los cuentos se hicieron famosos, la gente comenzó a escribir cartas como si Holmes fuera real. No hablo de unas cuantas. Hablo de miles. Cartas de agradecimiento, peticiones, casos inventados, felicitaciones, incluso mujeres victorianas enviándole propuestas de matrimonio a Holmes. 

Décadas después, cuando la calle se extendió, el número 221B se asignó a una institución financiera, Abbey National Bank, que literalmente tuvo que contratar a una secretaria de tiempo completo SOLO para responder el correo dirigido a “Mr. Sherlock Holmes”. Londres entero estaba comprometido con la mentira, pues.

En los años 80, un grupo privado (no el gobierno, no los herederos, no nadie oficial) compró el número 239 de Baker Street, una casa victoriana cualquiera, y decidió convertirla en el “Museo de Sherlock Holmes”.
Y luego pidieron permiso para ponerle afuera “221B”.

Después de mucha discusión legal, papeleo y reclamos, Londres dijo: “Bueno… está bien. Denles el número”.

Mi primera vez en el lugar, omití entrar al museo porque no quería que la ilusión terminara y sólo visité la tienda en donde compré un libro y un llavero, además de tomarme fotos bonitas. Pero, en ésta ocasión, además de comprar souvenirs compré también un boleto para entrar al museo, lo que me tuvo muy muy emocionada. 


Y la que estaba dando brinquitos de emoción no era esta versión de mí con veintitantos, era una niña de 13 años a la que le gustó tanto una serie de televisión que leyó todo respecto al detective más famoso de la historia y se volvió fan de todo ese universo... Esa misma niña se decepcionó al entrar y ver que el museo no era como lo que había visto en internet.
Entre pequeñas maquetas, bustos deformes y habitaciones pequeñas repletas de cosas que tienen la finalidad de "hacerte sentir bienvenido" me llevé la decepción de mi vida. 
En algún momento sí te crees la magia de estar en Baker Street, esperando a Holmes y Watson, y sí hay muchas referencias a los casos en los libros y hasta a casos de la vida real, pero no más. 


El museo prometía toda una experiencia victoriana, crímenes por resolver, adentrarse a ese mundo... Pero no fue nada de eso. Sin embargo, las fotos con el mobiliario son muy divertidas.


Quiero mucho a Sherlock y todo su universo... Pero su museo fue una decepción enorme. ¿Volveré a ir algún día? Yo espero que sí, por lo menos a la bellísima tienda ideal para los fans como yo. 

Después del museo, mis amigos hablaron sobre visitar el famosísimo museo de cera de Madame Tussauds... pero para mí, 39 libras era muchísimo más de lo que me podía permitir, así que simplemente los dejé en la entrada y me fuí a casa. 


Al regresar a la estación más cercana a mi casa, decidí que era demasiado temprano, así que fuí a un parque cercano a matar el tiempo. Era un lugar enorme, lleno de árboles que intenté escalar (fail) y donde me tomé fotos pero huí al ver que estaban jugando fútbol. (soy un imán de balones)


Y aun con mi decepción, con mis miedos irracionales, con la expectativa rota y los nervios intactos, fue otro día marcado en la memoria. Otro sueño cumplido, aunque no exactamente como lo imaginé. Londres siguió siendo Londres: caótico, hermoso, absurdo, y siempre sorprendiéndome incluso cuando no quiero. Y yo seguí siendo yo: una fan empedernida, sensible, exagerada y feliz de vivir todo esto, incluso cuando no sale perfecto.

Viernes: Doceavo día
Este día fue especial, porque fue el día de mi graduación del curso en St Giles, el día en que tuve que probar que tan buena soy en el inglés y el último día que ví a mis nuevos amigos. 
El principio fue caótico, con un examen muy demandante pero que creo que superé bien.
Fue como se espera que sea un último día de escuela: rápido y melancólico. 

Fuimos todos a comer a un restaurante de comida japonesa en donde mis opciones fueron limitadas porque, como se habrán dado cuenta, odio el pescado con toda mi alma. Así que pedí "soba"


Y después de todos los videos que grabé, fuimos, por recomendación de los profesores al museo Tate de Arte Moderno

La verdad, entrando al Tate Modern, yo iba con toda la disposición del mundo… pero cero garantías de entender algo. O sea, sí, muy “soy niña arty”, muy “me gusta el arte emergente”, pero una cosa es eso y otra muy distinta es comprender piezas que parecen muebles rotos, mas videos de gente respirando fuerte y cuadrados de colores que seguramente sí significan algo pero yo nomás veo… pues cuadrados.

Entonces sí, yo estaba ahí por la experiencia, no por la comprensión profunda. Porque no les voy a mentir: la mitad del tiempo caminaba como si supiera lo que hacía, asintiendo frente a obras como si estuviera entendiendo la crítica social detrás de un foco colgado del techo. Pero por dentro, mi cerebro decía:
“¿Qué está pasando? ¿Eso es arte o dejaron aquí algo sin querer?”. 

Amigos, de verdad no entiendo nada del arte contemporáneo... Pero reconozco la importancia del museo.

El Tate Modern no siempre fue un museo:

Antes era una central eléctrica llamada Bankside Power Station, construida entre los años 40 y 50. Dejó de funcionar en 1981 y el enorme edificio quedó vacío, gigante y abandonado a la orilla del Támesis.

En los 90, la Tate Gallery (que en ese entonces manejaba todo el arte moderno y clásico juntos) decidió dividir sus colecciones porque ya no cabían en un solo lugar. Así nació la idea de convertir esta central eléctrica en el museo nacional de arte contemporáneo y moderno.

Los arquitectos suizos Herzog & de Meuron remodelaron el lugar respetando la estética industrial, y en el año 2000 abrió oficialmente el Tate Modern, que hoy es uno de los museos de arte contemporáneo más importantes del mundo.

Con el tiempo se expandió, añadieron nuevas galerías como la Switch House (ahora llamada Blavatnik Building) en 2016, y desde entonces es el hogar de instalaciones enormes, arte pop, videoarte, abstractos, performances y todas esas cosas que hacen que uno camine diciendo: “¿esto es arte? ah ok”.

Y pues bueno, ahí andaba yo, disfrutando, fingiendo poquito, dejándome llevar.

Hasta que… ¡Warhol!

Ahí sí, amigos, se me iluminó el alma.
Se acabó la actuación, se acabó la pose intelectual, se acabó el “mira qué interesante el cuestionamiento del cuerpo en el espacio post-industrial”.
No, no. Ahí sí fui yo, honesta: niña emocionada, fan del pop art desde la prepa, viendo esos colores, esas repeticiones, esa vibra icónica que de verdad sí entiendo.
O bueno, por lo menos entiendo más que un urinario de porcelana que supuestamente habla de que el arte está en todos lados o el "arte fálico" que solo me hace pensar en los peores chistes de la secundaria.

Warhol fue como… mi salvavidas.
La cosa familiar dentro de un mar de arte que no sé si me hablaba o me estaba regañando.
Y ahí, en ese momentito, sí me emocioné de verdad.
Porque una parte de mí dijo:
“Ay wey, estoy viendo a Warhol en Londres, en mi último viernes aquí. Qué bonito.”

Al final, después del Tate, la tarde simplemente… fluyó. Nuestro último viernes juntos. La luz del atardecer cayendo sobre Londres como si supiera que era mi despedida, y yo fingiendo que no lo notaba.

Nos fuimos a tomar una cerveza, esa cerveza que sabía más a ritual que a bebida, sentados en una mesa cualquiera, pero que en mi cabeza quedará como una escena fija: ellos riendo, yo tratando de guardar cada sonido, cada gesto, como si pudiera empacarlos en la maleta sin que Migración me detuviera.

Luego caminamos sin rumbo, como siempre. Pasamos por varios puentes, por las calles que ya me sabía de memoria, pero que en ese momento empezaron a sentirse ajenas, como si Londres estuviera empezando a soltarnos antes de que yo la soltara a ella. Mis amigos hablaban de cosas normales en su idioma y yo solo pensaba: “último viernes…”.

Y mientras caminábamos, entendí que ese día era eso: museos que no entendí pero igual disfruté, Warhol mirándome desde la pared, cerveza de despedida, risas prestadas, pasos lentos… una especie de cierre silencioso. El tipo de cierre que no se escribe, pero se siente.


Porque ese viernes no fue épico, ni perfecto. Fue humano, fue suave, fue honesto. Fue el día en que acepté, sin decirlo en voz alta, que ya me tocaba volver… aunque una parte de mí quisiera quedarse ahí, atrapada para siempre entre las luces de Londres y la risa de mis amigos.

Sábado: Treceavo día 
Bueno... Ahora sí fue el día final sin contar cuando me tuve que ir al aeropuerto... 
¿Recuerdan que les hablé sobre que mi plan del primer día era visitar Notting Hill?. Pues ese fue el gran día. 

Aparté un tour con la misma agencia de la que les comenté que prometía conocer los lugares más famosos e importantes del barrio escenario de la famosa película de 1999. 

El tour fue bonito e informativo... Pero no sé si haya sido por el sol, la enorme cantidad de gente o todo mi cansancio acumulado, pero no lo disfruté tanto como lo esperaba. 


Este barrio tiene más historia que muchos museos de la ciudad y más celebridades que un aeropuerto. 

Primero que nada, hay que saber que  Notting Hill no siempre fue cute, ni de colores pastel, ni lleno de influencers tomando fotos con flores falsas. No. En el siglo XIX era más bien como: “te rento cuarto barato pero quizá haya ratas”. Una cosa medio olvidada, medio pobre, medio “ay, qué miedo caminar de noche”.

Peeero plot twist: después llegó la comunidad caribeña en los cincuenta y sesenta, sobre todo jamaicanos, y ahí el barrio empezó a cobrar vida. Música, comida, cultura, vibra, todo. Claro que también hubo racismo, peleas y tensiones, hasta que la comunidad dijo:
“¿Sabes qué? vamos a celebrar nuestra cultura en grande”
Y así nació el famoso Carnaval de Notting Hill. Literal, fiesta callejera gigante para decir “seguimos aquí”.

Dicen que es el segundo carnaval más visitado después de el de Río de Janeiro y me tocó estar para cuando se llevó a cabo... PERO el barrio entero se llena de millones de personas y fuí aconsejada por todos que no fuera si iba a estar sola, así que no fuí... Sin embargo; conocí The Tabernacle  que es como el centro cultural más importante dentro de Notting Hill y donde se desarrolla todo respecto al Carnaval. 


Y bueno, como les comento, Notting Hill está lleno de muchísimas cosas, incluyendo esas famosísimas placas que señalan lugares importantes de la historia, y yo logré ver dos que me parecieron súper interesantes. 
 
1.- La casa de George Orwell 
George Orwell fue un importantísimo escritor del siglo XX con obras súper importantes para la cultura popular y de crítica social como 1984 y La Rebelión en La Granja. Imagínense: uno caminando ahí y este señor escribiendo su misantropía a gusto.

2.- La casa de Bob Marley.
El hombre que convirtió el reggae en religión viviendo en Notting Hill echándose sus buenos toques y poniendo música mientras tenía a los vecinos seguramente hartos del ruido y el olor. Historia viva.
Fue en ese mismo lugar en el que escribió y grabó Éxodus, una obra maestra del reggae que logra ser una fusión entre política y espiritualidad. Un álbum que fue nombrado por la revista Time como "el álbum del siglo".

Huyendo de un atentado que sufrió en Jamaica, Bob Marley vivió ahí por bastantes años... Aunque los porros los fumaba en el edificio de enfrente. 



Y evidentemente yo estuve ahí motivada por la película... Julia Roberts y Hugh Grant fueron mi gran motivación a visitar Notting Hill, conocer las casas coloridas y toda la historia del lugar. 

Visité la librería en la que trabajaba el personaje de Hugh Grant, además de los jardines en donde se besaban y donde la historia termina como cuento con final feliz. 

Y OBVIO visité la casa de Hugh Grant.
La de la puertita azul; hermosa, icónica, chismosa: ahora la pobre puerta está tan fotografiada que la tuvieron que cambiar varias veces porque la gente no dejaba de rayarla.


Notting Hill, al final, se siente como ese amigo carismático que llegó tarde a la fiesta pero se robó el show. Un barrio que pasó de ser olvidado a convertirse en ícono cultural, cinematográfico y musical; un lugar donde cada fachada guarda un chisme histórico distinto, desde George Orwell renunciando al mundo hasta Bob Marley componiendo entre vibras rebeldes.

Caminar por sus calles coloridas es encontrarse con pedacitos de cine, con la herencia caribeña latiendo bajo la piel del barrio y con ese contraste tan londinense entre lo elegante y lo desenfadado.

En mi penúltimo día, Notting Hill no solo fue una visita turística: fue una despedida suave de la ciudad. Un recordatorio perfecto de que Londres es eso: una mezcla caótica de historia, arte, migración, películas, música y calles que cuentan historias.


Y así, entre puertas azules, librerías románticas y casas que han visto pasar leyendas, cerró uno de los paseos más memorables (aunque estresantes) del viaje. Londres ya empezaba a decir “hasta pronto”, y Notting Hill fue el abrazo final.

Al final del tour, fuí por los souvenirs a Camden Town, un lugar del que ya les hablé... Pero no quiero hablar de eso, fue tan enfadoso y estresante que quisiera borrarlo de mi memoria. 
Pero, si tú que estás leyendo ésto, eres una de las personas a las que les compré algo de Londres, quiero que sepas que fue con mucho amor. 🩷🩷🩷

Domingo: Catorceavo día 
Desperté con ese nudo en la garganta que nunca admite que es tristeza y que uno le llama “cansancio del viaje” para no llorar. Hice mi maleta como quien apaga las luces de un escenario después de un concierto: despacito, con cuidado, tratando de no tocar demasiado los recuerdos para que no dolieran.
Con las maletas hechas, los papeles listos y muchas lágrimas, pasé mis últimas horas en Londres con muchas despedidas emotivas. 
Primero fue Michelle, quién me deseó lo mejor y prometió venir a México a conocer el país. 

Y después fue la señora Sally, quien me acogió en su casa como a una hija, quien me contó cosas increíbles de su pasado y me enseñó el mejor lado de su nación. 
Desde aquí, en el ombligo de la luna, le mando muchísimo amor. 
Y espero que la estampa de la virgen de Guadalupe que le regalé, la acompañe siempre. 


Y mientras avanzaba por las calles grises, me cayó encima una verdad que Londres te enseña sin decir palabra:
esta ciudad nunca ha sido para quienes encajan. Londres es para los marginados, para los raros, para los artistas que todavía no saben que lo son, para los solitarios que caminan rápido, para los soñadores tontos que insisten en imaginarse vidas alternas cada vez que cruzan un puente.

Un poco de caos no podía faltar antes de irme... Y además de que iba muy tarde al aeropuerto, resulta que no encontraban mi lugar por ningún lado. 😭 
Pero, gracias a eso obtuve 10 libras de descuento en las tiendas del aeropuerto y lo aproveché con el último meal deal que comí. 

Abordar, sentarse y el vuelo en general fue bastante normal... Hasta que en la Ciudad de México a Tlaloc se le ocurrió volverse loco y no dejó que los aviones aterrizaran y fue así que, a falta de combustible, terminé en Cancún. 


Fue hasta muchas horas después que estuve por fin en casa y me despedí de Londres una segunda vez. 

A mí al principio Londres me recibió con todo mi drama, con todos mis desmadres, mis torpezas, mis obsesiones, mis miedos y mis entusiasmos de niña de 13 años que todavía vibra cuando ve algo de Sherlock Holmes, la de 15 que al ver por primera vez Mamma Mia encontró un refugio y la de 10, maravillada con la inauguración de los juegos olimpicos, anhelando saber más de ese lugar hermoso que salió en televisión. Me dejó perderme, me dejó cansarme, me dejó enamorarme de sus museos (aunque no los entendiera), me dejó decepcionarme un poquito, me dejó sentirme parte de algo más grande.

Y en mi último día, Londres no me ofreció un final perfecto. Me ofreció algo mejor:
ese tipo de cierre suave, honesto, que solo tienen las ciudades que no te necesitan, pero aun así te dejan volver siempre que quieras.

Me fui con la certeza de que Londres no es un lugar al que se llega:
es un lugar al que se regresa.
Siempre.

Y yo ,claro,voy a regresar.

Y es así como yo aquí me despido de ésta serie de las aventuras en Londres y declaro que, por la necesidad de visitar más y en especial todo lo que me faltó, el día en que regrese será maravilloso. 🩷


Mil gracias por acompañarme en éstas aventuras, por ilusionarse conmigo, por leerme, por tenerme paciencia y por seguir éstos pasos. 

Habrán muchas más aventuras. 

Gracias en especial a aquellos los que lo hicieron posible. 

Y a Londres: Thank You For The Music. 🩷🩷🩷

¡Gracias por leer! 
Las actualizaciones semanales regresarán pronto. 














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