Latinidad en el centro: Moda, música y la resistencia de existir

¡Me da gusto saludarlos una vez más! El mundo laboral me ha alcanzado y cada vez es más difícil encontrar un momento para escribir; sin embargo, mi sueño no desaparece ni éste proyecto con la difusión del arte, la identidad, la mexicanidad y la resistencia a nuestra existencia. Antes muerta que dejar de soñar y les prometo que este espacio llegará a las revistas. 

En fin, el tema de hoy es importante, ya que les estoy escribiendo justo después de ver el medio tiempo del Súper Bowl de éste año; una protesta y muestra de identidad de la que vale la pena hablar. 

 

El medio tiempo terminó, pero lo que quedó vibrando no fue sólo la música. Fue la certeza de que, mientras los cobardes levantan muros, la cultura latina los atraviesa bailando. 

Hoy hablamos de quienes somos, de nuestra música, de nuestras raíces, hablamos de Bad Bunny ocupando su lugar bien merecido como el artista más escuchado en el mundo. Aunque, si les soy sincera, años atrás yo era de esas mentes envenenadas por pensamientos retrógradas que aborrecían esa música y esos mensajes. Pero a todos nos llega el momento de madurar y ahora entiendo, que lo más valioso que tengo es quién soy y mi mexicanidad y latinidad es parte de eso y con ello, el privilegio de escribir éstas líneas, criticar éstos tiempos y difundir éstos mensajes. 

Un estadio en Estados Unidos. Luces que cuestan millones. Patrocinadores impecables. Seguridad extrema. El corazón del entretenimiento global latiendo al ritmo de la maquinaria más poderosa del planeta.

Y de pronto, suena un dembow.

No entra traducido.
No entra suavizado.
No entra pidiendo permiso.

Entran los tambores que cruzaron el Atlántico en barcos de horror. Entran melodías que sobrevivieron a plantaciones, dictaduras, bloqueos económicos. Entra el español, entra el Caribe, entra el sur entero comprimido en ritmo.

Bad Bunny aparece en escena, pero lo que realmente irrumpe es una multitud histórica.

No es solo un artista: es la prueba de que los proyectos de borramiento fallaron.

Porque mientras millones celebran el ritmo, afuera del estadio sigue habiendo discursos que criminalizan a quienes lo crearon. Familias separadas. Trabajadores invisibilizados. Políticas que hablan de muros en un continente que siempre ha sido movimiento.

Ahí está la contradicción fundacional: nos necesitan, pero les incomodamos.

Necesitan nuestra música para vender juventud. Nuestra moda para dictar tendencia. Nuestra energía para sostener la fantasía de diversidad.

Pero la presencia real, el cuerpo latino con voz propia y las pieles de todos los colores todavía les confronta. Por eso el momento pesa. 

Bad Bunny no solo canta. Ocupa. Ocupa un espacio que durante décadas funcionó como vitrina del poder anglosajón y lo tiñe de Caribe, de español, de memoria antillana.

Y cuando eso sucede, algo se reacomoda en el imaginario del mundo.

Una historia larga de intentos por disciplinarnos

Para entender el peso del momento hay que recordar algo incómodo: América Latina no llegó al presente por accidente.

El siglo XIX vio a México perder más de la mitad de su territorio tras la expansión estadounidense y a personas heroicas dando su vida para defender nuestros lugares. El Caribe aprendió pronto que su posición estratégica atraía ocupaciones, tutelas y experimentos coloniales que marcarían su economía y su identidad para siempre.

El siglo XX profundizó la herida.
Guatemala en el 54.
Brasil en el 64.
Chile en el 73.
Argentina en el 76.
La coordinación represiva que hoy conocemos como Operación Cóndor.
El largo pulso de hostilidad hacia Cuba, la antagonización que impusieron en ella desde antes de Kennedy.
Las presiones permanentes sobre Venezuela.

No fueron episodios aislados; fueron maneras de imaginar el continente: útil, administrable, explotable.

La idea repetida era que el sur debía ser administrado, corregido, guiado. Que debíamos mirar arriba y copiar.

Algo similar atravesó a África tras el colonialismo: extracción brutal, saqueo de recursos, fronteras impuestas. Y mientras tanto Asia, con tradiciones milenarias de ciencia y pensamiento, veía su conocimiento apropiado, reinterpretado o subestimado según convenía. Los continentes que son Cuna de la Vida y del Conocimiento, reprimidos sistemáticamente también en favor de una historia falsa. 

El poder global intentó decidir quién producía historia y quién solo la padecía.

Pero hubo algo imposible de disciplinar.

La cultura.

Lo que no pudieron controlar

No pudieron controlar el canto.

Juan Gabriel convirtió el dolor migrante en himno multitudinario. Celia Cruz gritó “¡Azúcar!” y esa palabra cargó diáspora y celebración al mismo tiempo que convirtió su exilio en grito de vida. Selena demostró que la frontera podía ser herida y puente al mismo tiempo. Luis Miguel, presionado para conquistar el mercado anglo, insistió en el español y convirtió esa decisión en marca de autoridad. Shakira compartió el baile, acentos híbridos y a Colombia con el mundo. 

Desde el sur, artistas argentinos y chilenos narraron dictaduras, ausencias y reconstrucciones.

Más tarde, Calle 13 puso nombre a las venas abiertas de la región y enseñó a una generación que el baile también podía pensar.

Cada uno, a su manera, respondió a la misma fuerza histórica: seguir existiendo sin traducirse por completo.

Y de esas mezclas, atravesadas por urbanización acelerada, tecnología barata y juventud sin permiso, nació el reggaetón: un género que muchos intentaron censurar antes de que entendieran que era el nuevo idioma del mundo.

No nació en salas de juntas.

Nació del cruce entre herencias africanas, migraciones caribeñas, tecnología accesible, juventud vigilada y deseo de volumen. Fue perseguido, censurado, tratado como amenaza moral.

Hasta que el mundo entendió que ese era el sonido del presente.

Cada beat es archivo. Archivo de desplazamientos, de barrios levantados con remesas, de identidades negociadas entre la nostalgia y la supervivencia. (mención honorífica a Daddy Yankee por llevarlo a todo el mundo)

Benito como sistema histórico.

Cuando Bad Bunny pisa el escenario global sin neutralizar su procedencia, lo que vemos es el resultado de todo ese trayecto.

Décadas atrás, la industria pedía traducción: menos acento, menos barrio, menos política. Hoy el acento vende. El barrio dicta. La política vibra incluso cuando nadie la nombra explícitamente.

No porque el sistema se haya vuelto generoso, sino porque la influencia latina se volvió imposible de contener.

Benito funciona como espejo de una verdad incómoda: el imperio cultural necesita de aquellos a quienes históricamente intentó ordenar. Es el resultado de generaciones que resistieron presión para suavizar el acento, aclarar la piel, borrar el barrio.

Su gesto más poderoso es negarse a abandonar la procedencia. Hablar de Puerto Rico, de deuda, de orgullo, de complejidad, en el mismo lugar donde antes se pedía neutralidad.

Eso es dinamita simbólica y siempre le prende fuego con su música y su ropa, como lo vimos en la Met Gala del año pasado, en donde optó por un sombrero típico de los campesinos de Puerto Rico para apegarse a la temática de "Sastrería con estilo negro" que se centraba en  la importancia histórica de la sastrería en la construcción de la diáspora africana. 

La moda siempre lo supo

Antes de que los think tanks (esos que analizan las tendencias) lo aceptaran, el clóset ya lo sabía.

La estética latina es hija de la tensión: lujo soñado, precariedad real, memoria indígena, herencia africana, catolicismo barroco, piratería creativa, glamour aprendido viendo vitrinas que no siempre se podían pagar.

Por eso somos exceso.
Por eso somos mezcla.
Por eso somos inolvidables.

El dandismo chicano, el glamour tropical, la sensualidad caribeña, el barroquismo mexicano: estrategias visuales contra la invisibilidad.

Diseñadores como Willy Chavarría trabajan la dignidad del trabajador migrante desde el lujo.
Raul Lopez en Luar eleva la experiencia dominicana y queer a objeto de deseo global.
Carla Fernández protege saberes textiles indígenas como futuro, no como folclor.

Las pasarelas del norte miran hacia el sur buscando energía vital.

La pregunta es simple: si todos miran hacia acá, entonces sí somos el centro ¿no? Y ¿Quién inspira a quién?.

Ahora todos quieren ser latinos

La frase resuena porque contiene ironía histórica.

Durante generaciones, ser latino implicó sospecha, discriminación, exotización o silencio. Ahora la cultura dominante intenta ponerse nuestra piel como tendencia.

Pero la identidad no es vestuario que se quita al final del desfile.

Es historia acumulada en el cuerpo.

"No me llames frijolero..."

Para ellos, a quienes no les importamos y no les agradamos, todos los de abajo estamos cortados con la misma tijera. 

Durante años, a muchos latinos se les recordó que eran invitados temporales, sospechosos, reemplazables. La cultura popular respondió con orgullo, ironía y afirmación.

Porque el problema nunca fue el apodo: fue la intención de reducir una identidad a caricatura.

Hoy, cuando la industria intenta apropiarse del estilo sin cargar la historia, la tensión reaparece.

Quieren el sabor. Pero aborrecen la memoria, una piel más morena o un acento más marcado. 

Nuestros héroes hacen historia

El cine y la cultura visual comienzan a mostrar protagonistas morenos, migrantes, latinos. No es caridad: es reconocimiento tardío de quién sostiene la narrativa contemporánea.

Los héroes siempre estuvieron aquí. En la madre que cruzó, en el obrero que envió dinero, en la comunidad que armó fiesta a pesar del miedo.

En los que regresaron a seguir trabajando, en los que se esconden con miedo hoy en día pero no se rajan, en los que siguen difundiendo nuestras tradiciones, saliendo a trabajar día a día y en quienes recogen los escombros cuando todo se cae a pedazos. 


Un eco recurrente

Siempre que pasa un Super Bowl, un tema que vuelve a la mesa es Michael Jackson, en si es el mejor show que ha existido y en que "nada lo va a superar"
Pero lo cierto es que este mismo mensaje Michael Jackson lo venía difundiendo desde los años 90 y abrió su espectáculo cantando Black or White e invitando a niños de todas las naciones posibles. 

They Don’t Care About Us no era solo canción: era diagnóstico.
La celebración mediática convive con indiferencia estructural.

Ese eco resuena hoy cuando la latinidad llena estadios mientras continúan debates sobre quién merece pertenecer. 

Y por eso pienso que, ver éste Super Bowl habría hecho muy orgulloso al Rey del Pop. 


Lo que incomoda de verdad es descubrir que el futuro cultural no pide permiso a viejas jerarquías. Que la modernidad puede hablar español, portugués, spanglish. Que la creatividad nace muchas veces en territorios que fueron tratados como periferia.

La influencia latina dejó de ser nota al pie. Es el texto principal.

Después del show

Las luces se apagan, pero la imagen permanece: millones presenciaron que el presente tiene acento y memoria.

Que no desaparecimos.
Que no nos diluimos.
Que aprendimos a ocupar.

La resistencia puede marchar. Puede escribir manifiestos.

Pero también puede vestirse de Zara, subir al escenario más poderoso del planeta y hacer que todos, absolutamente todos, bailen su historia.

Para finalizar

Y cuando se apagan las luces, ya no hay coreografía que nos distraiga. Quedamos nosotros con la verdad.

Vimos a un latino tomar el escenario más grande del planeta sin pedir perdón por su acento. Vimos un pedazo de nuestros barrios convertido en centro del mundo. Vimos que la cultura que muchos quisieron minimizar es, en realidad, la que sostiene la fiesta global.

Entonces la pregunta cambia.

¿Qué vas a hacer tú con eso?

Porque es fácil cantar el coro. Es fácil vestirse con la estética. Es fácil subir historias cuando el ritmo está de moda.

Lo difícil es sostener la identidad cuando afuera siguen existiendo políticas que clasifican cuerpos, que levantan redadas, que deciden quién pertenece y quién estorba.

Y aquí viene la parte incómoda: para ciertos discursos de poder, muchos de nosotros seguiríamos siendo sospechosos. No importa cuánto éxito tengamos, cuánto consumamos, cuánto amemos la cultura dominante. La historia demuestra que la aceptación puede retirarse en cualquier momento.

Si tú que estás leyendo ésto, eres de esos latinos partidarios de ICE y las políticas de Trump, te recuerdo que por el simple hecho de venir de donde vienes sería motivo para que te arresten, para que te separen de quienes amas y te esclavicen como a los grupos vulnerables se les ha hecho durante siglos. 

Latinoamérica sufre también por sus propios gobiernos, por su propia gente, pero la respuesta jamás JAMÁS será la intervención extranjera y recuérdalo siempre; recuerda a nuestros generales que derramaron sangre, a los golpes de estado, a Cuba, nuestros hermanos en los trenes, a nuestros recursos naturales explotados. 

No les agradamos y no les importamos. 

Eso debería despertarnos.

No para odiar.
Sino para entender.

Entender que si nuestra música llena estadios pero nuestra gente sigue siendo vulnerable, entonces el orgullo no es accesorio: es necesidad.

Así que deja de disculparte por existir.

Habla como hablas.
Muévete como te enseñaron.
Defiende la memoria de tu familia.
Aprende la historia completa, incluso la que incomoda.

No te achiques para caber en lugares que igual podrían decidir expulsarte.

Si el sistema puede disfrutar de tu cultura, tú puedes honrarla completa.

Michael gritó que había lugares donde no les importábamos.
Juan Gabriel respondió elevando la dignidad hasta el cielo: "Ellos creen que Dios es blanco y es más moreno que yo".

Entre el diagnóstico y el orgullo se construye nuestro camino.

Y a nuestra generación le toca algo enorme: disfrutar la visibilidad sin olvidar la fragilidad, celebrar el triunfo sin soltar la conciencia.

Que nunca te hagan sentir suerte por estar.
Estás porque perteneces.

Así que párate derecho.

Baila.

Y cuando el mundo mire hacia acá otra vez, porque va a mirar, siempre mira, que te encuentre sin vergüenza, sin traducción y sin miedo.


Uff, que temazo. Les agradezco muchísimo por leer y por la paciencia. ¡Nos vemos pronto! 💖💖💖

Comentarios

  1. Que joya de texto.
    Me encantó que hablaras con tanta fuerza de rebeldía sin dejar de lado la sutileza ♡

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  2. qué hermoso todo, ser latino siempre será opción!!!

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